miércoles 8 de octubre de 2008

Ciclo de Marxismo Libertario



CICLO DE MARXISMO LIBERTARIO

- Hacia una interpretación libertaria de Marx -

AOC comienza el Ciclo de Marxismo Libertario, con el que pretendemos dotarnos de herramientas de análisis para enfrentarnos críticamente al mundo actual, alejándonos de los dogmatismos de cualquier tipo.

Este octubre les invitamos a dos sesiones, partiendo de los Grundrisse y el Capítulo VI inédito de El Capital:

- JUEVES 9: Un mundo sometido al Capital.

- JUEVES 23: Superación del Capital: riqueza y General Intellect.

Será en Casa Tahime a partir de las 20'15, con periodicidad quincenal. Calle Dr Marañón, 3, Barrio Nuevo, La Laguna (ver mapa adjunto).

Consultar http://aoc-asamblea.blogspot.com/ para ver los textos

AOC - Asociación Obrera de Canarias

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martes 9 de septiembre de 2008

Sobre la orientalización de Oriente: introducción a la obra de Edward W. Said

Sobre la orientalización de Oriente: introducción a la obra de Edward W. Said

Orientalismo
Edward W. Said



Debolsillo, colección Historia
Barcelona, 2007
510 págs. 9,95 euros
ISBN: 978-84-9759-767-8

La publicación en 1978 de Orientalismo, del profesor de Literatura inglesa y Literatura comparada Edward W. Said, genera una gran polémica en el ámbito orientalista, en cuanto esta obra supone un cuestionamiento en profundidad del discurso construido en torno a Oriente desde la Antigüedad griega (de la mano de personajes como Heródoto o Esquilo) a nuestros días. Said, que siempre se ha caracterizado por adoptar una postura crítica en relación a los problemas políticos de su época – ya sea, por mencionar dos ejemplos, atacando la autocomplacencia de ciertos intelectuales (en su libro Representations of the Intellectual) o intercediendo a favor del derecho a la autodeterminación del pueblo palestino –, va a definir el orientalismo como una fuerza cultural comprendida dentro del proceso de construcción occidental y va a aportar algunas claves para superar un discurso que, según él, sólo contribuye a reforzar la incomunicación existente entre Occidente y Oriente.

El orientalismo y la construcción de Occidente

Para Said, el orientalismo debe entenderse como resultado de la “aproximación occidental hacia oriente”, es decir, como un discurso sobre Oriente que nace en Occidente y se afianza a medida que aumenta la expansión europea. Lejos de constituir un corpus positivo de conocimientos sobre Oriente, el orientalismo adopta las formas de una disciplina fuertemente institucionalizada que va a obedecer a los intereses religiosos y coloniales de Europa y, más adelante, también de Estados Unidos. Lo demuestra el hecho de que la expedición napoleónica a Egipto se apoye sobre La bibliothèque orientale de D’ Herbelot o las obras de Volney, a la vez que da pie a nuevos textos-clave del historicismo cultural, como La Description de l’ Égypte, elaborada en 1802 a instancias del propio Jean-Antoine Chaptal, ministro del interior de Francia.


Al referirse al orientalismo como “sueño traicionado”, Gérard de Nerval pone en evidencia que éste reposa sobre una idealización (ya sea favorable o negativa) de Oriente y que, por lo tanto, nos aporta más información sobre las aspiraciones de Occidente en Oriente que sobre su supuesto objeto de estudio. Precisamente porque no existe una unidad cultural y geográfica lo suficientemente homogénea que podamos identificar como “Oriente” – y, menos aún, como el Oriente descrito en la literatura occidental –, la categoría “oriental”, arbitraria, se corresponde con “lo otro” en contraposición a lo cual “obtenemos negativamente el sentido de nuestra identidad”. Esto obedece a lo que Bachelard denomina “poética del espacio” y es propio de cualquier comunidad humana; el problema – señala Said – reside en que, para afianzar la Idea de Europa, los intelectuales europeos van a desprestigiar a sus vecinos asiáticos. El tratamiento cristiano del Islam resulta esclarecedor a este respecto, pues los orientalistas se van a referir a la religión musulmana como una versión degradada del cristianismo. Al partir del presupuesto falso según el cual Mahoma ocuparía en el Islam el mismo lugar que Cristo en el cristianismo, juzgan a los “mahometanos” en calidad de impostores, mientras que se ven a sí mismos como poseedores de la fe verdadera.


Así pues, el orientalismo carece de rigor en tanto que discurso verídico sobre Oriente en cuanto que se trata de un espejo cóncavo construido para mayor gloria de los occidentales y atestigua una relación de fuerzas favorable a estos últimos. El autor ahonda en esta reflexión al analizar detalladamente un célebre discurso pronunciado en 1910, donde Balfour defiende la presencia británica en Egipto pintando un retrato de la población egipcia abocado a convencer a la audiencia de que tal población necesita ser tutelada para prosperar. Mientras que los occidentales serían personas “racionales, pacíficas, liberales, lógicas y con valores reales”, los orientales figuran como seres incapaces de presentar tales atributos y, en última instancia, peligrosos. “Asia tiene los profetas, Europa tiene los doctores”, apunta Edgar Quinet a este propósito. Llegados a este punto, nos vemos en la posibilidad de afirmar que el conocimiento adquiere una dimensión autoritaria, al dibujar una fuerza cultural que Occidente va a utilizar para dominar ideológicamente a Oriente, reducido a “algo que se juzga (como en un tribunal), que se estudia y examina (como en un currículo), que se corrige (como en una escuela o una prisión), y que se ilustra (como en un manual de zoología)”.

De la representación a la “orientalización” de Oriente

Esta perversión del orientalismo se explicaría en el hecho de que su discurso se ha basado siempre en la exterioridad. Ya en la antigüedad griega, Oriente no habla por sí mismo, sino que es representado a través de Occidente, tal y como lo vemos en el poema de Esquilio Los persas, actitud que se va a repetir hasta tornarse en costumbre, sobre todo cuando, en el siglo XIX, la generación romántica es asaltada por el gusto del exotismo. Esta idea de representación, central en la obra de Said, recuerda a cuanto expone Virginia Woolf, con cierta ironía, en su ensayo sobre la mujer y la literatura Un cuarto propio:

“¿Teníais idea de la cantidad de libros sobre las mujeres que se escriben a lo largo de un año? ¿Teníais idea de cuántos los escriben hombres? ¿Sabéis que sois, quizá, el animal más discutido del universo? […] El sexo y su naturaleza puede bien atraer a médicos y biólogos; pero lo asombroso y difícil de explicar era que el sexo – es decir, la mujer – también atraiga a ensayistas amenos, a novelistas ágiles, a hombres jóvenes que se han sacado el título de maestría en Artes; a hombres sin título alguno; a hombres que no parecen tener más cualificación que la de no ser mujeres. Se veía que algunos de estos libros eran frívolos y jocosos; pero otros muchos eran serios y proféticos, exhortatorios y moralizantes. La mera lectura de los títulos sugería innumerables maestrescuelas, innumerables clérigos subiéndose a las tarimas y a los púlpitos para perorar con una locuacidad que superaba en mucho la hora normalmente asignada a ese tipo de discurso sobre este único tema. Era un fenómeno rarísimo y, al parecer, – estaba consultando la letra M – limitado al sexo masculino. Las mujeres no escriben libros sobre los hombres: algo que no pude evitar agradecer.” (Woolf, 2003: 51)

Una analogía tal no resulta gratuita, y puede favorecer la comprensión de lo que Said entiende por orientalismo, ya que Virginia Woolf encuentra en el principio de representación la misma fuente de privilegios que obtienen las minorías occidentales para disponer a su guisa del capital económico y humano de Asia. O, dicho de otro modo, la representación de la mujer por parte del hombre va a ofrecer una imagen distorsionada de ella, de la que éste se vale para elevar el concepto que tiene de sí mismo y, mediante este proceder, asentar su poder:

“Sea cual sea su uso en las sociedades civilizadas, los espejos son esenciales a toda acción violenta y heroica. Es por eso que tanto Napoleón como Mussolini insisten tan categóricamente en la inferioridad de las mujeres, porque, si ellas no fuesen inferiores, ellos dejarían de engrandecerse. Esto sirve para explicar, en parte, lo necesarias que las mujeres son, tan a menudo para los hombres. Y sirve para explicar lo que les inquieta la crítica a ellas; lo imposible que es para ella decirles que este libro es malo, ese cuadro flojo, o lo que sea, sin causar mucho más dolor y provocar mucha más ira que las que causaría un hombre que hiciese la misma crítica. Porque si ella empieza a decir la verdad, la figura del espejo se encoge; disminuye su aptitud para la vida. ¿Cómo va a seguir él juzgando, civilizando indígenas, promulgando leyes, escribiendo libros, engalanándose y perorando en los banquetes, si no puede verse a la hora del desayuno y de la cena al menos al doble del tamaño que realmente tiene?” (Woolf, 2003: 61-62)

Al igual que le ocurre a la mujer, que acaba por parecerse a aquello que ha sido descrito literariamente por el hombre, Oriente termina siendo “orientalizado” – en palabras de Anuar Abdel Malek – por Occidente como consecuencia de esta privación del lenguaje. “Tomemos, por ejemplo, el encuentro de Flaubert con una cortesana egipcia, encuentro que debió de crear un modelo muy influyente sobre la mujer oriental; ella nunca hablaba de sí misma, nunca mostraba sus emociones, su condición presente o pasada – apunta Said –. Él hablaba por ella y la representaba. […] Mi tesis es que la situación de fuerza de Flaubert en relación a [ella] no era un ejemplo aislado, y puede servir bastante bien como modelo de la relación de fuerzas entre Oriente y Occidente y del discurso acerca de Oriente que permite este modelo.” Así, el orientalismo dista mucho de ser una disciplina respaldada por datos empíricos y debemos equipararlo a una ideología que pugna contra la realidad para afirmarse sobre ella. El autor habla también de una “visión orientalista” que traiciona al Oriente real.

Investigando a los investigadores

Hay que permanecer en alerta en relación a la actitud textual, que entraña toda suerte de peligros, entre ellos la imposibilidad de captar “el desorden impredecible y problemático en el que los seres humanos viven”. Al mismo tiempo que el autor desarrolla una crítica hacia el orientalismo, se preocupa, como vemos, por llevar a cabo una reflexión sobre las distintas metodologías a las que puede recurrir un investigador, juzgando con particular severidad a quienes disertan sobre Oriente desde una perspectiva meramente literaria, sin recurrir a los métodos, más rigurosos, proporcionados por la antropología o la sociología.


Pero estos mismos métodos le enseñan que ni siquiera adoptando una actitud científica puede el investigador acceder a toda la verdad sobre una cuestión, pues se halla necesariamente condicionado por su sistema de valores, sus limitaciones intelectuales y económicas o su entorno académico… Said se opone, así, al idealismo, que defiende la existencia de juicios indeterminados por los intereses morales. De la misma manera que la Escuela de Annales contempla al historiador dentro de la historia, él va a analizar la relación entre los orientalistas y la realidad política.


Este análisis se hace eco de lo escrito por Marx y Engels (1981: 44) en El manifiesto comunista: “La historia de las ideas es una prueba palmaria de cómo cambia y se transforma la producción espiritual con la material. Las ideas imperantes en una época han sido siempre las ideas propias de la clase dominante.” En tanto que parte de una totalidad que ejerce sus propias coacciones intelectuales, el orientalista no es otra cosa que un “productor”, lo que significa que el orientalismo ha de ser afrontado como “la distribución de una cierta conciencia geopolítica en unos textos estéticos, eruditos, económicos, sociológicos, históricos y filológicos”. Retomando la metáfora del espejo, podríamos afirmar que el orientalismo es una galería a lo largo de la cual se disponen tanto espejos deformantes, que van a incrementar el poder geopolítico de Occidente, como espejos que van a reflejar con fidelidad la posición del orientalista con respecto a Oriente y al propio Occidente.

Bibliografía consultada

Marx, Karl; Egels, Friedrich (1981): El manifiesto comunista, ed. Ayuso, Biblioteca de textos socialistas, Madrid.
Woolf, Virginia (2003): Un cuarto propio, ed. Horas y Horas, La cosecha de nuestras madres, Madrid.


Guillermo Castellano Casas

jueves 4 de septiembre de 2008

Balance Abril-Septiembre 2008

Cinco meses después del inicio de este proyecto, desde la Administración nos vemos en la necesidad de elaborar un pequeño balance acerca de los objetivos fijados el pasado mes de Abril:

- Diferenciar claramente el marxismo clásico de su interpretación burocrática: el marxismo-leninismo.

- Integrar en la teoría y praxis libertarias, tan empobrecidas en este principio de siglo, análisis materialistas que le permitan deshacerse de ciertos lastres idealistas.

Sabemos que nuestra crítica del marxismo-leninismo desde una posición marxista no está exenta de problemas: despreciados por leninistas e incomprendidos por anarquistas, pareciera muchas veces que predicamos en el desierto. No obstante, consideramos que los textos publicados de Emilio Lamo de Espinosa, Marvin Harris, Telesforo Tajuelo y Richard Gombin, así como el artículo escrito por nosotros mismos, otorgan elementos suficientes para una diferenciación clara entre el marxismo y su desviación leninista. Quien quiera entender estos argumentos, que los entienda; quien pueda rebatirlos, que los rebata. Nuestra atención será nula ante los difamadores o los pobres de espíritu, que, para el caso, son lo mismo: gentes que, en lugar de superar las contradicciones de su práctica, adormecen su conciencia recurriendo a cuentos de toda clase. Presas fáciles para los burócratas, cuando no burócratas declarados.

Ha llegado la hora de centrarnos en el segundo objetivo, razón por la cual los textos que iremos colgando (y quién sabe si escribiendo) de un tiempo en adelante, versarán sobre lo que el materialismo histórico y el materialismo dialéctico pueden aportarnos para aprehender y transformar la realidad tal cual es.

Al igual que hasta ahora, nuestra actividad será muy irregular; los lectores de esta bitácora deben comprender que nuestra labor revolucionaria no se circunscribe a la administración de este espacio, sino a la lucha diaria en nuestros barrios y lugares de trabajo y estudio. Como bien dice Edoardo Sanguineti, las personas "no piensan por el placer de pensar, piensan para resolver los problemas concretos que las atañen".

¡Que viva la lucha de los trabajadores, sin liberados y sin subvenciones!

Administración de la bitácora virtual Por atrás me gusta Marx.

martes 2 de septiembre de 2008

¿Qué gigantes?

¿Qué gigantes?
Apuntes críticos al texto Marxismo y Anarquismo, publicado en el nº 2 de El Fuelle
[1]

En el segundo número de su órgano la expresión, la Federación Ibérica de Juventudes Anarquistas (FIJA) ha publicado una traducción al castellano del artículo Marxismo y Anarquismo, recogido originalmente en el número 32 de la publicación portuguesa Acção Directa. Éste presenta una serie de lugares comunes que, por considerarlos incorrectos, nos gustaría rebatir, siempre desde el respeto a la encomiable labor que están realizando estos compañeros y remitiéndonos a las propias palabras del autor: “el objeto de este artículo puede ser analizado de formas diversas y sobre ángulos distintos en el seno del movimiento anarquista. Como éste no posee centros dirigentes, no es, por consiguiente, un movimiento único, pero sí una unión en la diversidad, por ello existen, en su interior, algunas divergencias sobre ésta y otras cuestiones.”

Antes de empezar, debemos aclarar que nuestro propósito no es salir en defensa de esos “sindicatos oficiales burocratizados” y “partidos políticos obreros” a los que alude tal artículo; aunque nos sintamos cercanos a los análisis y prácticas de cierto marxismo, nos reclamamos, ante todo, del anarcosindicalismo. No hay contradicción alguna en esto, pues, a diferencia de lo que se deduce de tal artículo, un marxismo en consonancia con el anarquismo es posible: lo que Daniel Guérin denomina un marxismo libertario. “¿Qué gigantes?”, dijo Sancho Panza a su señor Don Quijote cuando éste cargó contra unos molinos que él confundió con monstruos. “¿Qué incoherencia?”, decimos nosotros cuando nos reclamamos como marxistas libertarios ante la mirada atónita de nuestros compañeros anarquistas. Lo que ven no es un engendro ideológico similar a las espeluznantes criaturas del doctor Moreau, sino una corriente de pensamiento muy fundamentada, además de rica. Una corriente de pensamiento en la que, ciñéndonos a unos pocos ejemplos, podemos encontrarnos tan interesantes personajes como el poeta surrealista Benjamin Péret[2], el situacionista Guy Debord o el activista anti-OMG René Riesel, además de fenómenos históricos como el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) o el Operaismo.

El marxismo-leninismo como desviación del marxismo

El principal error del artículo consiste en confundir el marxismo clásico de Marx y Engels con la interpretación llevada a cabo por Lenin: lo que comúnmente conocemos como marxismo-leninismo. Todos sabemos cuán miserables han sido los modelos sociales resultantes de esta doctrina, así que no me extenderé sobre esta cuestión. ¿Pero es culpable Marx de que la economía soviética fuera un capitalismo de Estado o de que los estalinistas llevaran a cabo una contrarrevolución en España entre 1936 y 1939? ¿Es el marxismo-leninismo una consecuencia necesaria del marxismo clásico? Desde luego que no.

Detengámonos a leer lo que dice Lenin acerca de su visión del marxismo:

“Sería ridículo presentar a nuestra revolución como una especie de ideal para todos los países, imaginando que ha hecho una serie de descubrimientos geniales e introduciendo gran número de innovaciones socialistas. Yo nunca he pretendido decir semejante cosa y afirmo que no lo diré nunca. Nosotros poseemos la experiencia de los primeros pasos de la destrucción del capitalismo en un país donde la relación entre el proletariado y el campesinado es particular. Nada más. Si nos hinchamos como pavos seremos el hazmerreír del mundo entero, no seremos más que fanfarrones.” (Sala y Durán, 1975: 5)

De una argumentación así se pueden deducir múltiples ideas: incluso que la Revolución Rusa fracasó porque no contaba con las adecuadas condiciones objetivas, como pretenden ciertos leninistas trasnochados. Lo que a nosotros nos interesa recalcar es que el marxismo-leninismo no es la única interpretación posible del marxismo clásico. Más aun, que se trata de una desviación.

Cuando se plantean las diferencias entre el marxismo y el anarquismo, se suele decir que los unen los fines y los separan los medios. Es aquí donde hace su aparición la controvertida cuestión del Estado. Ciertamente, los anarquistas siempre han sido contrarios a utilizar el Estado para destruir la sociedad de clases, mientras que los marxistas, Marx y Engels incluidos, entienden que éste es un instrumento indispensable para acabar con la burguesía. Podemos verificarlo en El manifiesto comunista:

“El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.” (Marx y Engels, 1976)

La misma voluntad subyace en El Estado y la revolución, obra paradigmática de Lenin (1975: 74):

“Nosotros no discrepamos en modo alguno de los anarquistas en cuanto al problema de la abolición del Estado, como meta final. Lo que afirmamos es que, para alcanzar esta meta, es necesario el empleo temporal de las armas, de los medios, de los métodos del Poder del Estado contra los explotadores, como para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida.”

Entonces, ¿por qué este empeño en afirmar que Lenin opera una desviación del marxismo clásico? ¿No se parecen acaso Lenin y Marx en su manera de entender el tránsito a la sociedad sin clases?

Esto sería así si el marxismo concibiera el Estado al igual que el anarquismo. No es por casualidad que Malatesta (2002: 23) inicia su artículo Socialismo y anarquía de la siguiente forma: “Cuando se discuten cuestiones de orden moral y social la dificultad más grande para entenderse depende del significado vario e incierto que se atribuye a las palabras.” Es menester, pues, aclarar este problema léxico.

Tanto para los anarquistas como para los marxistas, hablar de Estado es hablar de autoridad, cosa que ha quedado muy bien reflejada en el artículo al que me refiero; para los primeros, todo Estado implica una clase gobernante separada de la clase trabajadora, mientras que, para los segundos, el Estado no es otra cosa que una manifestación de la violencia de la burguesía sobre el proletariado o del proletariado sobre la burguesía o, si se prefiere, el Estado sería la organización de la violencia. Ésta se iría extinguiendo a medida que dejase de ser necesario el empleo de la fuerza. ¿Qué tienen que objetar a esto los anarquistas? Nada, sencillamente porque ellos también son partidarios de expropiar por la violencia los medios de producción: “Nunca ninguna clase oprimida ha logrado emanciparse sin recurrir a la violencia; nunca las clases privilegiadas han renunciado a una parte, siquiera mínima, de sus privilegios, sino por la fuerza, o por miedo a la fuerza”, escribe Malatesta (2002: 30).

Marx y Engels en momento alguno indican que una forma de Estado como ésa implique una elite que dirija al proletariado; la idea de una vanguardia es únicamente atribuible a Lenin, tal y como veremos más abajo. Lo que tenemos aquí es un problema terminológico similar al suscitado por la palabra “partido”. Mientras que unos lo entienden como una organización oficial, caso del PSOE, otros lo entienden como el conjunto de adeptos a un programa determinado, caso del movimiento obrero. Al igual que Malatesta, Marx y Engels utilizaban la palabra en su segunda acepción, a pesar de que ciertos interesados hayan querido siempre entender lo contrario. Sirva de aclaración que Marx confesó a su yerno, Paul Lafargue, no sentirse marxista en el sentido que lo entendían los partidos comunistas de su época[3].

Toda persona que se pretenda libertaria debe huir de estos dogmas lingüísticos. La frontera real no se encuentra entre los partidarios del Estado y los partidarios de la anarquía, sino entre los partidarios de la autonomía obrera y los partidarios de una vanguardia (militar e intelectual). Y qué duda cabe de que los verdaderos marxistas están entre los primeros.

La desviación se produce precisamente con Lenin. Mientras que el marxismo clásico aboga por la dictadura del proletariado, entendida como “la más perfecta de las democracias, […] la verdadera democracia proletaria que excluye a los explotadores en vías de desaparición” –en palabras de Anton Pannekoek, uno de los teóricos más destacados de los Consejos Obreros– (Tajuelo, 1977: 66), con el marxismo-leninismo nos vemos obligados a hablar de una dictadura en nombre del proletariado o, como dice Abraham Guillén (1979), de una dictadura sobre el proletariado. A diferencia de Marx, para quien el sujeto y el objeto mantienen una relación dialéctica, Lenin y sus seguidores entienden que el hombre y la realidad son dos cosas separadas. Esto es lo que se conoce como teoría del reflejo, principal aportación de Lenin al corpus marxista. Merleau-Ponty señala al respecto: “Este nuevo dogmatismo que pone el sujeto cognoscente fuera del tejido de la historia y le da acceso al ser absoluto, no le obliga al deber de la autocrítica, y dispensa al marxismo de hacer aplicación a sí mismo de sus propios principios.” (Sala y Durán, 1975: 7) Este dogma se presenta como una técnica revolucionaria que necesita ser dominada por unos técnicos, es decir, por una vanguardia militar e intelectual que, aunque aparezca como una clase administrativa, bien sabemos que es una verdadera clase dirigente con intereses separados a los del proletariado. Precisamente lo contrario a lo que anhelaban los padres del marxismo: “[Los comunistas] no tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.” (Marx y Engels, 1976)

Lenin llama izquierdismo a toda esa corriente del socialismo heterodoxo que, partiendo del marxismo, llega a la conclusión de cuán indeseable es la vanguardia para una revolución proletaria. Paradójicamente, es este socialismo heterodoxo el que se mantiene dentro de la ortodoxia marxista, mientras que el marxismo-leninismo quedaría como la verdadera heterodoxia, como la auténtica traición a la clase obrera. Llegando más lejos todavía, Pannekoek tilda al leninismo de ideología burguesa, en el sentido de que se acerca más al idealismo que al materialismo dialéctico profesado por Marx y Engels (Pannekoek, 1976).

Por todas las razones expuestas anteriormente, entendemos que, cuando en el artículo publicado por la FIJA se comenta que “el marxismo no es, en realidad, una corriente materialista”, se está haciendo exclusivamente referencia a la desviación leninista del marxismo, al igual que todas las críticas vertidas acerca de sus propuestas prácticas del marxismo. ¡Un poco de rigor, compañeros! No retratan el marxismo perlas como:

“Los marxistas pretenden establecer límites a la autoorganización revolucionaria de los explotados y oprimidos, o sea, reducir la revolución a una mera mudanza en la composición de la categoría social dominante”; “los marxistas ven la lucha de clases bajo una óptica mediatizada, o sea, bajo la forma de una lucha entre sus representantes o defensores”; “el verdadero objetivo de la ‘lucha de clases’ marxista: un simple cambio en la cima de la pirámide social, esto es, la sumisión de los explotados a una nueva cúpula social dirigente y explotadora”

Lenin era un personaje muy conservador. Lo prueban, por ejemplo, sus declaraciones en torno a la liberación sexual. Así se dirigía a Inés Armand en una carta del 17 de enero de 1915: “Le aconsejo que suprima en absoluto la reivindicación femenina del amor libre. Prácticamente es una reivindicación burguesa, y no proletaria.” ¿A alguien le parecería sensato condenar el anarcosindicalismo por el hecho de que García Oliver asumiera el Ministerio de Justicia durante la Guerra Civil o por las decisiones poco acertadas que toman a veces los plenos y los congresos de la CNT? De igual modo, sería injusto juzgar el marxismo por las ideas y actos de tipos tan poco marxistas como Lenin, Stalin o Mao.

El marxismo dentro de las ciencias humanas y sociales

Si exceptuamos la confusión entre el marxismo clásico y el marxismo-leninismo, hay puntos del artículo que sirven para generar un debate enriquecedor dentro del movimiento libertario. Muchos de ellos se refieren a la forma tan característica que tiene el marxismo de inscribirse dentro de las ciencias humanas y sociales. Vamos a comentarlos brevemente.

“En un último análisis, el modo como viven y piensan las personas es una imposición del crecimiento incontrolado de las fuerzas productivas. Así, el capitalismo es considerado como un producto histórico inevitable y una etapa necesaria de la evolución humana; el comunismo es afrontado como el resultado necesario del desarrollo capitalista. Es fácil comprobar que esta teoría de las necesidades históricas constituye una óptima justificación de la explotación y miseria que ha mantenido sujeta, desde hace muchos siglos, a la gran mayoría de los individuos humanos. Se trata, de hecho, de una teoría que sirve para justificar los peores crímenes que se puedan cometer.”

Es también un hecho que cada tipo de sociedad produce un tipo de individuo; que un individuo nacido en el seno de una familia obrera tiene más probabilidades de interiorizar habitus obreros que un individuo nacido en el seno de una familia burguesa. Constatar una realidad como ésta no significa legitimarla. Cedemos la palabra a Jared Diamond (2007: 20):

“Si logramos explicar cómo algunas personas llegaron a dominar a otras personas, ¿no podría parecer que de este modo justificamos la dominación? ¿No parecería decirse que el resultado era inevitable, y que sería inútil, por tanto, tratar ahora de cambiar tal resultado? Esta objeción se basa en la tendencia habitual a confundir la explicación de las causas con la justificación o aceptación de los resultados. El uso que se hace de una explicación histórica es una cuestión independiente de la explicación propiamente dicha. La comprensión se utiliza con más frecuencia para tratar de alterar un resultado que para repetirlo o perpetuarlo.”

En segundo lugar, se reprocha al marxismo el dar una importancia excesiva a “las ruedas del carro de la historia”, en detrimento de aspectos como “el instinto de sociabilidad o la voluntad de poder”. Si bien es cierto que Marx y Engels centran su atención en la historia, no son pocos los marxistas que han abordado otras facetas del ser humano: Bourdieu o Paulo Freire, la pedagogía; Erich Fromm, la psicología; Adorno, la relación entre sociología y psicología; Luria, la semiótica; Herbert Marcuse o Wilhelm Reich, el vínculo entre el deseo erótico y la dominación; André Breton, la literatura y las artes… Es posible tildar de reduccionista al marxismo cuando se lo conoce superficialmente, pero resulta inapropiado en un período en el que se encuentra tan enriquecido y matizado por las aportaciones teóricas de autores como los mencionados más arriba.

Cabe añadir que viejos postulados marxistas se desechan hoy gracias al neo-marxismo. Es el caso, por ejemplo, de los modos de producción. Marx simplifica al decir que existen únicamente el comunismo primitivo, el modo de producción asiático, el modo de producción antiguo, el esclavismo, el modo de producción germánico, el feudalismo, el capitalismo y el comunismo, por lo que hoy Eric Wollf, Maurice Godelier y otros muchos hablan de modos de producción basados en el parentesco, modos de producción tributarios y modos de producción capitalistas, categorías formales que permiten analizar el tema ajustándonos mejor a realidades concretas desconocidas en el siglo XIX.

“Los marxistas tienden a explicar todas las manifestaciones de la vida humana (luchas sociales, corrientes de pensamiento…) por los intereses económicos de las diversas clases. […] La lucha de clases no abarca la totalidad de la guerra social ni constituye el único motor de la historia humana. […] Los antagonismos sociales y la lucha de clases no surgirán en las sociedades humanas únicamente como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas.”

Ciertamente, para el marxismo lo económico es el aspecto social con mayor incidencia dentro de la vida humana:

“¿Y qué motivó a Robinson a esclavizar a Viernes? ¿Lo hizo simplemente por deleitarse? Nada de eso. Vemos, por el contrario, que Viernes es ‘sometido a realizar un servicio económico como esclavo o simple instrumento, y mantenido sólo como instrumento’. Robinson esclaviza, pues, a Viernes para que trabaje en provecho suyo. ¿Y cómo puede Robinson sacar provecho al trabajo de Viernes? Sólo debido a que Viernes crea, con su trabajo, más medios de vida que los que Robinson debe darle para que se mantenga en condiciones de trabajar.” (Engels, 1975: 8-9)

Esto no quiere decir que desestime lo ideológico y lo político: ocurre que tales aspectos forman parte de una superestructura determinada por la infraestructura o economía. Los antagonismos políticos e ideológicos sí inciden en la lucha de clases, pero una vez que han sido modelados por los antagonismos económicos; dicho de otra forma, la infraestructura determina la superestructura y ésta, a su vez, determina la infraestructura, pero sólo en segundo término. Eso es exactamente lo que afirma el marxismo aplicado a las ciencias humanas y sociales.

Quizá el antropólogo Pierre Clastres, mencionado en el artículo, tenga razón cuando contradice las tesis fundamentales del marxismo aludiendo a que, en la génesis de las clases sociales en algunas comunidades indias, ha tenido más peso la religión (superestructura) que la economía (infraestructura). Pero tampoco es falso que el modelo marxista haya permitido explicar el surgimiento de clases sociales en muchos otros contextos, como en América Central (Corona, 1986: 35-42). A día de hoy, los modelos explicativos idealistas tienen la batalla perdida frente al materialismo. Esto no quiere decir que el materialismo sea infalible; de hecho, si algo hemos aprendido estudiando Prehistoria es que, a menudo, los investigadores materialistas han menospreciado aspectos simbólicos precisamente por considerarlos tan secundarios. Así, observaciones como la de Clastres contribuyen sin duda a evitar que degenere en un dogma empobrecedor para las ciencias humanas y sociales.

No obstante, hay un mundo entre reconocer esto y deducir que “el determinismo histórico, sirve, evidentemente, para justificar las acciones reformistas, la colaboración de clases y otras maniobras necesarias para la participación de las marxistas en los órganos de gestión de la sociedad jerárquico-capitalista.” Célebres son las embestidas de los marxistas contra la socialdemocracia.

“Para demostrar que no es posible verificar la validez de una teoría social a través de un método científico de experimentación, es importante decir que sólo se encuentran ‘realidades inevitables’ en el dominio de los fenómenos naturales, fenómenos que se desarrollan independientemente de la voluntad humana y que constituyen el objeto de estudio de las ciencias exactas.”

Lo que sí dejaremos para otra ocasión es la cuestión de saber si el materialismo histórico es o no una ciencia (y qué tipo de ciencia), pues esta controversia, que tanta tinta ha hecho verter a autores como Althusser o Popper, es demasiado complicada para abordarla en unas pocas líneas. Únicamente afirmamos que, si no fuera una ciencia, el materialismo histórico sería, cuanto menos, un método riguroso de aprehensión y transformación de la realidad.

Bibliografía consultada

Corona Sánchez, Eduardo (1986): “Sobre el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas para la caracterización del Estado en Mesoamérica”, Revista Española de Antropología Americana, nº XVI, UCM, Madrid.
Diamond, Jared (2007): Armas, gérmenes y acero, Debolsillo, Barcelona.
Engels, Friedrich (1975): Temas militares, Akal, Madrid.
Guillén, Abraham (1979): El Capitalismo Soviético: Última etapa del Imperialismo, Queimada, Madrid.
Lamo de Espinosa, Emilio (1981): La teoría de la cosificación. De Marx a la Escuela de Francfort, Alianza Editorial, Madrid.
Lenin, Vladimir (1975): Del Estado y las tareas del proletariado revolucionario, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín.
Malatesta, Errico (2002): Escritos, Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid.
Marx, Karl; Engels, Friedrich (1976): Manifiesto del Partido Comunista, Ayuso, Madrid.
Sala, Antonio; Durán, Eduardo (1975): Crítica de la izquierda autoritaria en Cataluña (1967-1974), Ruedo Ibérico, París.
Pannekoek, Anton (1976): Lenin, filósofo: Consideraciones críticas sobre los fundamentos filosóficos del leninismo, Ayuso, Madrid.
Tajuelo, Telesforo (1977): El MIL, Puig Antich y los GARI, Ruedo Ibérico, París.

[1] El artículo se puede consultar en: http://www.nodo50.org/juventudesanarquistas/files/ElFuelle2.pdf.

[2] Alguien familiarizado con la biografía de Péret nos objetará que éste militó en el Partido Comunista Francés y, más adelante, en la IV Internacional. Cierto. Pero también terminó acercándose a posturas consejistas, recorrido lógico si tenemos en cuenta que siempre formó parte del sector crítico dentro de las distintas organizaciones frecuentadas a lo largo de su vida.

[3] Emilio Lamo de Espinosa (1981: 25) ha escrito unas líneas muy esclarecedoras respecto a cómo los partidos comunistas han utilizado la obra de Marx: “Ahora bien, los textos de juventud de Marx, en los que la teoría de la alienación y del poder social extraño son desarrolladas, fueron encontrados y publicados en los años treinta, cuando existía ya una ideología marxista legitimadora de un sistema de poder político: el de la Rusia soviética. El contenido crítico de estos textos, que afectaban de modo directo a la burocracia del partido, fue exorcizado con la etiqueta de ‘ideología’. Frente a la ‘ciencia’ del Marx maduro, estos textos de juventud (donde se encontraba justamente la fundamentación epistemológica del marxismo, pero también la crítica más radical de la burocracia soviética y de los partidos comunistas en general) resultarían ser meros trabajos preparatorios aún inmaduros. De este modo la tradición teórica comunista, y especialmente la ligada a los diversos partidos comunistas, construyó toda una teoría marxista basada en la sistemática distorsión del Marx joven, teoría que exigió, entre otras cosas, la censura de estos textos e incluso la ocultación de pasajes enteros de los textos de madurez.”

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sábado 12 de julio de 2008

Socialismo o Barbarie, II

Por esto [el análisis de Socialismo o Barbarie] no se limita al examen de las relaciones económicas y sociales de la URSS: destinado a proporcionar elementos de una teoría revolucionaria reajustada a la realidad contemporánea, llega más lejos. Intenta responder a la cuestión: “¿Por qué la clase nacida de la Revolución de Octubre es una nueva clase? ¿Por qué no ha habido un Thermidor, como pretendía Trotski, es decir, una simple vuelta atrás?” Para responder a esta cuestión fundamental sería preciso analizar mucho más de cerca el fenómeno burocrático, preguntarse si representaba una forma social accidental, específicamente rusa, o, por el contrario, si representaba una categoría universal que pudiese dar cuenta de la evolución del capitalismo en general. Ahora bien: un examen detallado de la economía rusa, de las relaciones sociales y económicas que caracterizan la sociedad soviética muestra que ella atraviesa la última fase de desarrollo del capitalismo: aquella en la que la evolución de la técnica está en el máximum y en la que la concentración del capital y del poder está más activada. P. Chaulieu deduce de ello que la burocracia es precisamente la clase que corresponde a esa fase del desarrollo capitalista y que tiene su raíz en la concentración total del poder económico y político en las manos del partido. Ahora bien: la concentración del poder económico y político es un fenómeno que caracteriza también a los países capitalistas de Occidente, sólo que en éstos no es aún total. En este sentido, los países del Este ofrecen la imagen de una concentración ya acabada, perfecta, podría decirse, desde el punto de vista de un industrial francés, inglés o americano. Nada viene ya a contrariar la marcha de la economía y la realidad de la explotación: ni los partidos de oposición, ni los sindicatos, ni siquiera los capitalistas “disidentes”. Al igual que ella quiere una economía enteramente controlada (proceso ya iniciado por los monopolios, nacionalizaciones y controles estatales), la burguesía aspira a ser burocracia. En este sentido, se puede decir que la burocratización, que es realidad en los países del Este, constituye un fenómeno en estado de tendencia irresistible en los países occidentales.

Llegados a este punto, se puede uno preguntar si en las sociedades modernas burocratizadas o en vías de burocratización la explotación conserva sus rasgos clásicos: la apropiación individual de la plusvalía por el propietario de los medios de producción. Ahora bien: por el hecho de que la burocracia opera en cuanto entidad colectivamente; por el hecho igualmente de la separación, en Occidente, entre la función de gestión y de la propiedad, la frontera decisiva no está ya entre propietarios y no propietarios, sino entre dirigentes y ejecutores.

Insurrección Húngara (Budapest, 1956)


Esta realidad nueva, que además es la realidad de los países desarrollados, aunque desvirtúa las contradicciones del marxismo clásico (entre el carácter individual de la propiedad y el carácter social del trabajo), introduce contradicciones nuevas que el sistema ni puede ni podrá resolver, justo, las que resultan de esa total separación entre dirigentes y ejecutantes: el sistema capitalista no puede sobrevivir sin mantenerla. Ahora bien: cuando se reduce al trabajador al estado de mero robot, sin ningún poder de decisión sobre sus propios actos, pierde también todo espíritu creador y tiende a declinar toda iniciativa en su trabajo. Pero al hacerse el sistema de producción técnica e intelectualmente cada vez más complejo, no puede funcionar sin el concurso activo y voluntario de los mismos a quienes priva de toda personalidad. Así que para funcionar el sistema necesita el espíritu de iniciativa de los trabajadores; pero si se lo concediesen, la clase dominante perdería la base permanente de su dominación: la separación entre trabajadores y dirigentes.

No nos interesa aquí verificar la exactitud de este análisis, confrontarlo con los hechos, sino ver en qué ha podido erosionar el análisis marxista ortodoxo y, sobre todo, de qué manera inspiraría y daría consistencia a una nueva teoría revolucionaria. La renovación (o la revisión, según desde el punto de vista que se mire) del análisis marxista de la sociedad, tanto capitalista como de la que se llama socialista, es demasiado evidente para que haya que insistir; la asimilación de los regímenes del Este a los del Oeste, su integración en un régimen de burocratización fundado sobre nuevas relaciones sociales, reviste el mayor interés para la evolución de las ideas izquierdistas. Verdadero o falso, el análisis de la burocracia de Socialismo o Barbarie es el único de que disponemos, si se excluye, por un lado, el pensamiento liberal, y el marxista-leninista por otro. [1]

Gombin, Richard (1973): Los orígenes del izquierdismo, Zero S.A., colección Lee y Discute, Serie R, Madrid.

[1] Los administradores de este espacio se muestran en desacuerdo con esta última afirmación de Richard Gombin en la medida que un análisis tal existe, desde el siglo XIX, en las obras de ciertos pensadores anarco-comunistas. Léase, por ejemplo, el ensayo de Errico Malatesta titulado Socialismo y anarquía (Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 2002), donde encontramos reflexiones como: “[El medio para la consecución del socialismo] no puede ser la dictadura (monarquía, cesarismo, etc.), puesto que ésa sustituye la voluntad y la inteligencia de todos por la voluntad y la inteligencia de uno o de pocos; tiende a imponer a todos una regla única, a pesar de la diferencia de condiciones; crea la necesidad de una fuerza armada para constreñir a los recalcitrantes a la obediencia; hace seguir intereses antagónicos entre la masa y los que están más cerca del poder, y acaba, o con la rebelión triunfante o con la consolidación de una clase gobernante, que luego, naturalmente, se convierte en clase propietaria.”

domingo 22 de junio de 2008

Socialismo o Barbarie, I

Invirtiendo el dogma trotskista que veía en el stalinianismo un fenómeno político y nada más que político, Socialismo o Barbarie afirma que la burocracia rusa es una verdadera clase dirigente y explotadora, expresión social de nuevas formas económicas y de nuevos modelos de explotación.

Se trata de una verdadera innovación en el cuadro de la teoría marxista, puesto que se crea una tercera categoría socioeconómica al lado del capitalismo competitivo y del socialismo. Se trata de un capitalismo de Estado, desenlace de una evolución que es común a todos los países industrializados, a todas las sociedades modernas y que ha comenzado en el mundo antes de la primera guerra Ella tiende a una concentración creciente de la propiedad cuyos titulares son, en realidad, los que dirigen la gestión de las empresas y tienen el centro del Estado. La burocracia es la nueva clase que se beneficia de esta evolución: ella realiza la ambición de los capitalistas, porque ella detenta sin competencia el poder económico y político, sin preocuparse de la oposición sindical y menos aún de una oposición política.

En relación con la burguesía de los países occidentales, la burocracia staliniana posee una particularidad que ha podido engañar en cuanto a su carácter de clase: sus miembros no son propietarios de título individual de los medios de producción. Para Socialismo o Barbarie no es éste, sin embargo, un argumento decisivo, porque por un lado la burocracia rusa tiene todos los atributos de una clase propietaria: ella decide y orienta las inversiones, fija los precios y salarios, nombra y revoca a los dirigentes locales y goza de un nivel y un modo de vida que en Occidente serían privativos de la burguesía. De todas formas, y es el segundo punto, ella dispone de los medios de producción y de los privilegios correspondientes a título colectivo; pero esta cuestión del estatuto jurídico no cambia nada de la situación real de la clase de la burocracia. Además, en los países occidentales no son ya hoy los propietarios burgueses los grandes beneficiarios de la explotación de clase, sino más bien los dirigentes y cuadros de la industria y del comercio, los altos funcionarios son los que acaparan los beneficios del sistema, y esto no en virtud de un título formal de propiedad, sino por el hecho de su situación en las relaciones de producción.

La burocracia de los países del Este tiene, pues, todas las características de una clase dominante: de su existencia deducen los analistas de Socialismo o Barbarie que la Unión Soviética es una sociedad de explotación y que el Estado soviético es un Estado capitalista.


Madrid, 1936

Ciertamente, este análisis de la burocracia no es enteramente inédito: la cuestión ha hecho correr mucha tinta desde Los principios de la filosofía del Derecho, de Hegel, hasta la Nueva clase, de Djilas. Pero tanto Lenin como Boukharine, Max Weber como Trotski enfocan el problema desde el ángulo político. Sólo Roberto Michels daba un paso más afirmando que la gestión de un capital enorme da a los administradores un poder comparable al que goza el propietario. Pero el primero en hablar de “colectivismo burocrático” y en asimilar explícitamente el grupo dirigente ruso a una clase fue Bruno Rizzi, que había expuesto sus concepciones en el cuadro de una crítica del trotskismo que él terminaba de abandonar en vísperas de la guerra.

En su querella contra Trostki, Bruno Rizzi sostiene que el Estado soviético no es obrero, porque la clase capitalista no ha sido reemplazada por la clase obrera, sino por la clase burocrática, que comprende los funcionarios del Estado y del partido, los técnicos y los expertos de todas clases. Él evaluaba esta nueva clase dirigente en quince millones de personas y la parte de la producción que monopolizaba en vísperas de la guerra es del 40%. Corresponde a una nueva forma de organización social y resulta de un desarrollo considerable de las fuerzas de producción, lo que excluye, según Rizzi, un posible retorno del capitalismo en la URSS.

Se ven, por consiguiente, las divergencias con Trotski; pero es a partir de los análisis de éste como Bruno Rizzi (que había tenido ya la intuición de una nueva clase dirigente rusa en 1936 en ¿Adónde va la URSS?) desarrollaría su tesis en toda su lógica, y él lo reconoce de buen grado.

Si se puede afirmar, pues, que el análisis de la burocracia rusa como clase proviene de un tronco común (el trotskismo), del que tanto Rizzi como los fundadores de Socialismo o Barbarie han bebido en abundancia; si se puede suponer una cierta influencia del primero sobre los segundos, hay que apresurarse a notar las diferencias de detalle y, sobre todo, las conclusiones claramente contrarias que unos y otros sacan de sus premisas comunes.

Mientras que Rizzi, por su parte, asimila los regímenes nazi y fascista al de la URSS, incluyéndolos a los tres bajo la denominación del colectivismo burocrático, los colaboradores de Socialismo o Barbarie ven en la burocracia fascista un fenómeno puramente político, puesto que la propiedad privada y sus beneficiarios individuales son mantenidos, lo que no suceded en la Unión Soviética, donde la forma misma de propiedad ha sido modificada. Pero sobre todo Rizzi, convencido de la convergencia de todos los regímenes hacia el colectivismo burocrático, permanece muy escéptico en cuanto a las probabilidades de imponerse que conserva aún el socialismo. Incluso llega a preconizar una alianza del proletariado con el fascismo para oponerse al capitalismo. Los colaboradores de Socialismo o Barbarie, por el contrario, ven el socialismo inevitable, y su trabajo consiste en un desengaño previo a toda reconstrucción de toda teoría revolucionaria.

Gombin, Richard (1973): Los orígenes del izquierdismo, Zero S.A., colección Lee y Discute, Serie R, Madrid.

miércoles 7 de mayo de 2008

Telesforo Tajuelo: el consejismo según Pannekoek


El último libro de Pannekoek, Los consejos obreros, escrito entre 1942 y 1947, es el resultado, y en cierta forma la totalidad de una obra rigurosa. Pannekoek ha entresacado, a partir de la experiencia alemana de 1919, principios estimulantes y comprensibles para todos. Sería inútil recordar que Pannekoek fue, además de un célebre astrónomo, uno de los miembros más sobresalientes de la izquierda socialdemócrata alemana y, más tarde, de la ultraizquierda holandesa.

Las conclusiones a que llega Pannekoek son el fruto de su participación en las luchas de fin del siglo XIX y casi la mitad del XX. Sus reflexiones sobre los momentos álgidos de la historia del movimiento obrero – soviets rusos, consejos alemanes, luchas diarias y evolución del capitalismo moderno – son de una riqueza y una experiencia esenciales para las luchas de hoy.

Su reflexión sobre los principios de la organización social, su evaluación crítica de la lucha de clases desde el nacimiento del capitalismo, su crítica continua de los movimientos que se vinculan con el socialismo, así como un estudio magistral de la burguesía y de las clases dominantes del mundo entero, quedan expuestos en Los consejos obreros.

El concepto “consejos obreros” no designa una forma de organización fija, elaborada de una vez para siempre y de la cual no quedaría sino perfeccionar los detalles. Se trata más bien de un principio, el principio de la autogestión obrera de las fábricas y de la producción. La realización de este principio no pasa en manera alguna por una discusión teórica concerniente a las mejores modalidades de ejecución. Se trata de una cuestión de lucha práctica contra el aparato de dominación capitalista: Consejos obreros quiere decir lucha de clases, acción revolucionaria contra el poder del Estado. Así pues, la idea de Consejos obreros no tiene nada que ver con un programa de realizaciones a poner en práctica mañana o el año que viene: se trata únicamente de un “hilo conductor para la dura y larga batalla de emancipación que la clase obrera tiene delante de ella[21].

No sólo es contra la sociedad capitalista y su organización contra lo que Anton Pannekoek nos pone en guardia. Ataca igualmente a los partidos, considerados como propagandistas de la ideología burguesa y que no pueden contribuir, aunque lo quieran, a la emancipación de la clase obrera: hasta ahora la práctica de todos los partidos ha consistido en tomar el poder y ejercerlo en su único provecho. Esta aceptación tácita de desmpeñar un papel de tutor de la clase obrera en el seno del gobierno – aspiración actual de muchos partidos comunistas – hizo decir a Pannekoek: “… en la transformación que debe conducir a la instauración de una sociedad sin clases, se trata, por supuesto, de esta organización del cuerpo social que nace de la lucha de los mismos productores, de su autoorganización y no de la puesta en marcha de una organización resultante de un programa, copiando una estructura hecha a priori, viniendo del exterior, inspirada por la Organizaciones, por ejemplo los partidos políticos”.

La autogestión real a la gestión del hombre por el hombre. De esta manera, la clase obrera no podrá afirmarse y vencer en tanto que no tome en sus manos ella misma su destino, y no lo conseguirá por arte de magia; para llegar a ello, la clase obrera está obligada a renunciar a las ideas caducas, a las viejas quimeras. Hecho esto, el proletariado se hallará entonces ante tareas más arduas: aplastar completamente al enemigo, organizar la producción, crear un orden nuevo.

En esta sociedad sin clases imaginada por Pannekoek, se impone una organización de la producción a escala global. Para ello es necesario recurrir a cuerpos o estamentos de delegados: son los mismos que la historia ha asociado al nombre de Consejos obreros y cuya tarea fundamental es la de resolver “el problema de la coordinación social global”. Esta vocación social de los Consejos obreros es diferente, con mucho, de la de gerente de la fábrica por el Consejo de empresa. En efecto, además del papel económico que desempeñan en la organización de la producción, los Consejos obreros asumen igualmente un papel político en la coordinación social.

A este propósito, decía Pannekoek que “… ellas [las masas en acción] organizan su poder en las fábricas y talleres, preparándose para nuevas luchas con vistas esta vez a quebrantar definitivamente la dominación del capital. Ellas [el término utilizado en alemán es “masas”] forman, por medio de los consejos obreros, una comunidad dotada de una cohesión cada vez más grande, capaz de asegurar la gestión de la sociedad en su conjunto. El único medio de vencer al capital consiste, todavía y siempre, en la acción conjunta de las masas; ocupando las fábricas y construyendo su organización de Consejos.”

Los Consejos obreros son los órganos de acción práctica y de combate de la clase obrera y, al mismo tiempo, la forma de autogobierno que, en el futuro, sucederá a las diversas formas de gobierno del antiguo mundo. Los Consejos obreros son la forma de organización propia del período de transición durante el cual la clase obrera lucha por el poder, aniquilando el sistema capitalista y organizando la producción social. La nueva orientación del socialismo es la autogestión de la producción, la autogestión de la lucha de clases y todo ello por medio de los Consejos obreros.

Digamos que la importancia de la obra de Pannekoek consiste en no haber imaginado de manera “idealista” la organización venidera – que él, y con él el MIL, llamaron comunista – sino, por el contrario, el haber planteado todos los problemas que no podrán estar ausentes en una sociedad autogestionaria. Pannekoek, hastiado por las polémicas que se desarrollaron en el seno del movimiento obrero mundial, propuso superar en la práctica – es decir, a través de la práctica y no por medio de revistas o mítines – las contradicciones inherentes a toda acción política.

La autoorganización de la clase obrera, noción que tomó con el tiempo el nombre de comunismo de los Consejos obreros, ha sido una constante en la obra de Pannekoek: “La autogestión generalizada es un sistema social en el cual las decisiones son tomadas, no ya por una minoría de “dirigentes” sobre una mayoría de “dirigidos”, sino por la colectividad entera. Al nivel de la unidad de producción, esto significa que las decisiones de realización y de reparto de rentas (o de beneficios) son de competencia de la colectividad de los trabajadores por medio de los órganos, elegidos y revocables en todo momento, que son los Consejos obreros”.

Una organización semejante, en ruptura total con la organización capitalista jerarquizada, plantea numerosos problemas: - al nivel del conjunto de la colectividad, el problema de los mecanismos de coordinación entre las unidades de producción autónomas, - al nivel de una unidad de trabajo, el problema de la distribución de la formación y de la información.

Permítasenos detenernos un momento sobre la forma en que Pannekoek soluciona los problemas que acabamos de mencionar. Se trata en realidad de unos principios de organización que nos son presentados en el primer libro (“La tâche”) de Los Consejos obreros. Ello nos permitirá comprender las opciones políticas del MIL, relativas a la organización por él ideada para las Comisiones obreras y que será analizada en el apartado siguiente.


Principios de organización

La organización, tal es el principio fundamental del combate de la clase obrera con vistas a su emancipación. De tal principio podría deducirse que el tema más importante, desde el punto de vista del movimiento práctico, es el de las formas de esa organización. Lo que sigue, es un resumen de cómo entendía Pannekoek las formas de organización.

a) La organización de la producción

La tarea más grande, pero también la más dura, es para los trabajadores la organización de la producción sobre bases nuevas. Deberá comenzar por la organización en el interior de la fábrica.

El órgano de gestión, en esta organización de fábrica, estará constituido por la colectividad de los obreros que allí trabajen. En la nueva comunidad de trabajo, todos los intereses serán esencialmente los mismos y todos los pensamientos estarán orientados hacia la meta común que es la organización en una cooperación efectiva[22].

En este mundo nuevo, se dará una nueva definición a la base y a la esencia misma de la vida. Es el trabajo productivo el que ocupa y ocupará siempre, según Pannekoek, el primer lugar en el espíritu de cada cual; es decir, el trabajo productivo será siempre el objeto primordial del pensamiento[23].

Las nuevas condiciones de trabajo harán de estos Comités de fábrica algo totalmente diferente de lo que conocemos en el mundo capitalista. La organización de la empresa consiste ante todo en la ordenación y en la conexión coherente de las diferentes etapas de trabajo, de manera que estas formen un todo.

Ya no nos encontramos, pues, en presencia de una gestión capitalista de la empresa, sino en el marco de una organizaciónn que se funda en la emancipación y en la libre asociación de cada uno en un conjunto social liberado de toda tutela autoritaria. Y, más concretamente, decía Pannekoek que “en el sistema capitalista los poseedores de los medios de producción acaparan el producto social, se meten en el bolsillo la plusvalía y explotan a la clase obrera. La explotación no cesará hasta el día en que los trabajadores se apoderen de los medios de producción. En ese momento, la producción de todos los artículos necesarios a la existencia se convierte en una tarea de la comunidad de los obreros. En consecuencia, cuando la clase obrera tome posesión de los medios de producción, le será necesario, al mismo tiempo, organizar la producción[24]”.

Este asumir los medios de producción vuelve a dar a la clase obrera el poder de escoger y de decidir ella misma, mientras que antes estaba condicionada y, finalmente, obligada a satisfacer las necesidades que la vieja sociedad le había creado. Se trataba y se sigue tratando de falsas necesidades fabricadas únicamente en beneficio del capital. Para que el proletariado pueda llegar a ser realmente dueño de su destino, le hace falta crear simultáneamente su organización propia y las formas del nuevo orden económico.

En el momento en que los poderes existentes se paralicen y empiecen a desmoronarse las funciones de dirección del antiguo gobierno, deben pasar a manos de las organizaciones obreras. La forma de organización que pueda unir al proletariado en su lucha contra la burguesía, constituye paralelamente la forma de organización del nuevo proceso de producción.

Hemos analizado la organización de la producción en primer lugar para señalar mejor el hecho de que ello constituía la primera y fundamental preocupación de Pannekoek. “Sin la producción”, solía decir el astrónomo, “la sociedad se condena.” Una vez organizada la producción y, como consecuencia lógica, se deben organizar las relaciones sociales, si se quiere llegar a esa república de los Consejos obreros.

b) La organización social

Como acabamos de ver, la organización de la producción por los trabajadores reposa efectivamente sobre la cooperación libre: ni amos ni servidores. El mismo principio que preside el reagrupamiento de todas las empresas en una organización social unificada. Y es a los obreros a quienes corresponde construir el mecanismo social correspondiente.

Los medios de organizar la totalidad social surgirán a partir de asambleas en que se reúnan los delegados del conjunto de las empresas – los Consejos obreros –, donde se discutirán y solucionarán los asuntos corrientes. El desarrollo de esta organización de consejos permitirá, pues, resolver el problema de la organización social así como exterminar la dictadura del hombre por el hombre, venga de donde venga, con el fin de que en la nueva sociedad todos los productores sean libres e iguales.

Para Pannekoek, que no pierde de vista la sociedad existente, la situación cambia completamente cuando son los obreros los que organizan la producción en calidad de dueños de su trabajo y de productores libres. Sin ello, organizar la sociedad, es decir las relaciones sociales, sería una utopía y arrastraría la aparición de las desigualdades propias del mundo capitalista.

En la nueva sociedad, los trabajadores no son en manera alguna funcionarios sometidos a los Consejos obreros, obligados a obedecer sus órdenes. Buen cuidado tuvo Pannekoek de señalarlo, ya que bien sabía él de qué manera degeneraron los Soviets rusos y cómo el centralismo conduce al fenómeno estalinista. Al contrario y sin necesidad de imposiciones, los trabajadores, por grupos, cumplen con sus tareas como cualquier otro grupo, sin perder un instante de vista las necesidades del conjunto social. Si algo hay que imponer, son los trabajadores mismos quienes lo impondrán, desde la base, por medio de asambleas generales de las cuales surjan los delegados, quienes a un nivel más amplio, discutirán y tomarán las decisiones necesarias para construir la organización del trabajo y la organización social. Estas asambleas permitirán a los trabajadores administrar la producción y dominar su universo.

Si hubiese que resumir la organización social, vista por Pannekoek, la resumiríamos en una palabra: asamblea. Pero no todos los miembros pertenecientes a una comunidad social pueden participar, juntos, en las asambleas, no sólo por la falta evidente de espacio (¿dónde podrían reunirse, por ejemplo, todos los catalanes juntos?), sino además por la variedad de tareas y especialidades que en cada sociedad existen. Aquí es donde interviene la originalidad, la creación de Pannekoek: es necesario organizarse en Consejos.

c) La organización de los Consejos

Los Consejos obreros son la forma de autogobierno obrero que remplazará en tiempos venideros a las formas de gobierno del antiguo mundo. La democracia obrera no tiene nada en común con la democracia política de los sistemas sociales precedentes. Lo que se ha dado en llamar democracia política del capitalismo no es para Pannekoek más que un simulacro de democracia, un sistema concebido hábilmente para enmascarar la dominación real del pueblo por una minoría dirigente.

Los Consejos no gobiernan, transmiten las opiniones, las intenciones y la voluntad de los grupos de trabajo. La organización de los Consejos es una democracia real, la democracia de los trabajadores en que los obreros son dueños de su trabajo. En la organización de los Consejos, la democracia política desaparece, puesto que la política misma desaparece, cediendo el lugar a una economía socializada.

La organización de los Consejos teje a través de la sociedad una red de cuerpos diversificados, que trabajan en colaboración, que ordenan su vida y su progreso según su libre iniciativa. Todo lo que es discutido y decidido en los Consejos extrae su verdadero poder de la comprensión, de la voluntad y de la acción de la humanidad trabajadora. En el mundo de los Consejos obreros, la sociedad está en manos del hombre que obra sobre ella; y, puesto que obra, el hombre comprende lo esencial de la naturaleza de la sociedad, es decir, consigue adquirir una conciencia global de la sociedad.

La organización de los Consejos consiste ante todo en la organización de los trabajadores por ramas, en el seno de sus propias empresas. Allí, los trabajadores ejercen una democracia directa por medio de las asambleas. De dichas asambleas salen uno, dos o x delegados que tienen por misión transmitir la voluntad de los trabajadores, expresada por vía de asamblea. Los delegados se reúnen, discuten y toman decisiones; incluso entonces, la democracia sigue siendo directa puesto que los delegados son revocables permanentemente. Sobre la organización de los delegados en los Consejos obreros, Pannekoek insiste particularmente. Su organización constituye la última de las tareas esenciales de los Consejos obreros, según Pannekoek.

d) Los delegados a los Consejos

Los delegados a los Consejos están vinculados por su mandato: tienen por única misión transmitir las opiniones de los grupos de obreros que les han escogido para representarlos. Dado que son revocables en todo momento, los trabajadores que les han conferido el mandato conservan todos sus poderes.

Por otra parte, los delegados a los Consejos son elegidos por un grupo socialmente homogéneo a fin de expresar la voluntad de todos, sobre todo si se tiene en cuenta que los Consejos no están compuestos únicamente por obreros que poseen intereses de clase comunes. Los Consejos constituyen un grupo natural de personas que trabajan juntas cada día en una empresa y que se enfrentan al mismo adversario. Estos grupos o Consejos decidirán, cuando ello sea necesario, las acciones que haya que desarrollar fraternalmente, codo con codo, en la unidad. La representación de los delegados reposa en la agrupación natural de los trabajadores a lo largo del proceso de producción, única base real de la vida social[25].

En los Consejos obreros, la forma de representación es completamente diferente de lo que hasta ahora conocemos: se trata de la representación de una clase revolucionaria en lucha. En realidad sólo los intereses proletarios están representados, puesto que esta forma de organización excluye la participación de los delegados capitalistas. En otros términos, los Consejos obreros son los órganos de la dictadura del proletariado, de la que Pannekoek decía: “… la dictadura de la clase obrera corresponde exactamente a la más perfecta de las democracias, a la verdadera democracia proletaria que excluye a los explotadores en vías de desaparición”.

Los delegados de que hablamos no pueden decidir sin su base para imponerle su voluntad; son los mismos trabajadores quienes deben decidir el camino a seguir y las orientaciones generales correspondientes: el poder de actuar y decidir les corresponde por derecho propio. Vemos, pues, que a través del consejismo aparece una alternativa clara: la gestión de la sociedad por nosotros mismos. Es lógico, puesto que la lucha de clases no se sitúa solamente al nivel de un cambio de administradores (o técnicos) a la cabeza del Estado.

A lo largo y ancho de su obra, Pannekoek expuso los medios que pondrán fin a la explotación del hombre por el hombre. Cada día, decía Pannekoek, las dos clases se definen más concretamente: frente a una acrecentada dominación, por medio de una economía planificada bajo la autoridad del Estado, aparece la asociación de productores libres e iguales, concepto este que Marx había definido mucho antes que Pannekoek.

Hace falta, decía Pannekoek, definir claramente los objetivos de esta asociación de productores libres e iguales. Por su parte, él los definió así: “¡Ocupad las fábricas! ¡Apoderaos de las máquinas! ¡Imponed vuestro poder sobre el aparato productivo! ¡Organizad la producción por medio de los Consejos obreros!”.

La transformación es al mismo tiempo una ruptura con la ideología dominante. La autogestión, por medio de los Consejos obreros, conduce al mismo tiempo a la emancipación ideológica.

[21] Antón Pannekoek: Ueber Arbeiteräte, Funken III, editado en junio de 1952.

[22] Hemos empleado esta terminología porque corresponde casi palabra por palabra a lo que había dicho Pannekoek a lo largo de su enorme trabajo sobre el problema de la organización.

[23] Lo dicho en esta última frase, que resume bien el pensamiento de Pannekoek, ha sido reinventado, para desgracia de este último, por los leninistas chinos y puesto en práctica a partir de la revolución cultural. De lo que los leninistas chinos no se acuerdan, ya que sin querer han descubierto a Pannekoek, es que este último también había previsto el descanso. Véase Simon Leys: Les habits neufs du président Mao, Champ Libre, París, 1971.

[24] Pannekoek: Les Conseils ouvriers, op. cit., pp. 81 a 89. Esta concepción de cómo organizar la producción eficazmente fue puesta en práctica en España por la CNT – inspirada por la FAI – en ciertas regiones de Aragón. Consultar para ello Gaston Leval: Espagne libertaire: 36-39, Éditions du Cercle 1971 ; y César M. Lorenzo : Los anarquistas españoles y el poder, 1.868-1969, Ruedo Ibérico, París, 1972.

[25] Los Consejos obreros es una de las formas para evitar la burocracia. Véase los trabajos de Isaac Deutscher: “Las raíces de la burocracia” Cuadernos Anagrama, así como Ernest Mandel: “La burocracia”, Cuadernos de formación política, 1. y, sobre todo, Ernest Mandel: Contrôle ouvrier, Conseils ouvriers, Autogestion, Maspero, Paris, 1973.

Tajuelo, Telesforo (1977): El MIL, Puig Antich y los GARI, Ruedo Ibérico, París.